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Orden |
Clase |
Familia |
Género |
Animalia |
Squamata |
Reptilia |
Viperidae
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Crótalus |
Se conocen con el nombre común de serpientes o víboras de cascabel a aquellas serpientes venenosas encontradas sólo en América, desde el sudeste de Canadá hasta el norte de Argentina.
Todas las especies menos una, Crotalus catalinensis, son fácilmente reconocibles por el característico cascabel en la punta de la cola. No hay que confundir este género con la más pequeña especie del género Sistrurus, que también tienen un cascabel, pero no tan desarrollado. Se han reconocido 27 especies.
El cascabel lo forman unos estuches córneos en el extremo de la cola que en caso de peligro les permiten emitir un sonido de aviso. Con cada muda de piel se añade un aro más a este cascabel.
Según la especie exacta, estas serpientes tienen un cuerpo delgado y compacto. Su cabeza es más bien plana y se distingue claramente del cuello. El centro del cuerpo está rodeado de escamas que están colocadas en 21 - 29 filas.
El color principal de esta familia va de amarillento a verdoso, rojizo a pardo, e incluso negro, también se puede encontrar algún ejemplar de serpiente albina. Una fila de manchas oscuras de forma romboédrica pasa por la espalda y los laterales.
La cabeza es, según la subespecie, generalmente unicolor, aunque hay una banda más oscura desde la sién hasta la boca. La cola suele tener anillos alternantes más claros y más oscuros. Por debajo, el color de la serpiente suele ser más claro y puede tener pequeñas manchas.
Desde su nacimiento están preparadas para procurar su alimento y defenderse, ocurriendo la primera muda entre los primeros diez y catorce días, que es el tiempo que duran las reservas de vitelo. La serpiente de cascabel se alimenta preferencialmente de mamíferos -como conejos, ratas, ratones y ardillas-, aunque puede incluir en su dieta lagartijas, pájaros, huevos, anfibios y otras serpientes.
Su actividad está muy relacionada con su hábitat. Las de montaña tienen períodos de actividad cortos, pues viven en áreas con temperaturas frías y pequeños períodos de luz solar. Esto les permite termorregular sus cuerpos para digerir alguna presa. Sus períodos de digestión son más prolongados que otras especies de ofidios. Por otro lado, las especies de zonas más cálidas prefieren mantenerse en actividad después de la puesta del sol.
El veneno de estos animales es muy poderoso. Destruye los glóbulos rojos de la sangre, y hace penetrables los vasos sanguíneos. Así afecta al tejido corporal y a la circulación. Aproximadamente el 9% de las mordeduras terminan letalmente.
Es la serpiente más larga y venenosa de toda Norteamérica. Algunas de ellas pueden alcanzar hasta los 2,5 metros de largo, y los 4,5 kg. de peso.
Las serpientes de cascabel están restringidas en el Nuevo Mundo, ocupando muchos hábitats y microhábitats distintos. Estudios coinciden en ubicarlas en regiones alrededor de los 2.130 m. sobre el nivel del mar. Se les puede localizar en una gran variedad de hábitats, desde desiertos, selvas, valles y montañas, dunas, hasta laderas rocosas en islas continentales. Dentro de éstas escogen guaridas entre las grietas de las rocas, montículos de tierra y troncos, salientes de las rocas, en cañadas y zonas cercanas a la rivera de los ríos, a lo largo de canales y hasta en tuberías fuera de uso ubicadas en su área.
Su piel con círculos amarillos, marcados en el centro por negros colores (parecidos a diamantes) hace que este tipo de serpiente sea el reptil mejor adornado de toda Norteamérica.
Los crótalos son animales muy temperamentales, cuyo carácter puede variar mucho según el individuo. A menudo son fácilmente excitables, y hasta ejemplares aparentemente tranquilos pueden atacar bruscamente sin previo aviso. Por este motivo se aconseja siempre máxima precaución. A pesar de su fama de animal mortal y muy agresivo, las cascabel tienen gran aversión a los humanos, hecho que hace que sólo ataquen para defenderse. La mayoría de las picaduras ocurren cuando se las intenta cazar o matar.
Cuando se encuentran acorraladas, estas serpientes mueven de manera muy rápida sus colas, emitiendo el característico sonido de «cascabel», al tiempo que se enrollan y ponen el cuello en forma de «S» para poder atacar más velozmente. Las serpientes con el tiempo van aumentando su zona de traqueteo con el que hacen el sonido (cascabel), pero al mismo tiempo mudan la piel varias veces al año. Por eso, no se pude determinar la edad de la serpiente por su cascabel.
Esta serpiente de momento no está en peligro de extinción, pero tanto la matanza indiscriminada como la pérdida de su hábitat, están haciendo decrecer su número.
Normalmente son organismos solitarios, pero cuando llega la época de reproducción o apareamiento pueden agruparse hasta diez cascabeles. Llevan a cabo períodos largos de comportamiento precopulatorio, danzas de rituales, cópula y hasta combates rituales entre los machos. Las serpientes cascabel son ovovivíparas, las crías se desarrollan dentro del oviducto de la madre durante un período de gestación que, dependiendo de las especies, va desde los 35 hasta los 108 días. Las especies de áreas más cálidas se reproducen después del período de hibernación, más o menos en los meses de marzo o abril, y el nacimiento entre julio y agosto.
Para las especies de montaña, el período de reproducción ocurre en el otoño. En este caso, la hembra almacena en su oviducto los espermatozoides del macho, fertilizando los huevos entre los meses de febrero y marzo, para dar a luz en los meses de junio o julio. De este modo, el nacimiento de las crías generalmente ocurre a finales de verano y principios de otoño. El tamaño de la camada, que va de dos a cuarenta crías, depende de la especie, edad de la hembra y su tamaño.
Muchas de las cosas que se dicen popularmente de los crótalos son falsas o exageraciones. Uno de los mitos más extendidos es que el número de segmentos del cascabel corresponde a la edad en años del animal. Los cascabeles aumentan cada vez que la serpiente cambia de piel, lo cual sucede dos o más veces por año. Pero como con cualquier otra estructura expuesta a la intemperie, los segmentos se desgastan o rompen de vez en cuando, y por eso, no obstante que sus portadoras vivan 20 o 30 años, rara vez cuentan con más de una docena de cascabeles.
Al igual que el ser humano y muchos otros animales, los ancestros de los crótalos llegaron a América atravesando el estrecho de Bering hace varios millones de años. Estas serpientes ancestrales dieron origen a los vipéridos americanos, que incluyen, además de las serpientes de cascabel en todo el continente, a los cantiles en Norteamérica y a las nauyacas y otras serpientes sin cascabel en el Centro y Sur de América. Todos los vipéridos cuentan con la característica que le valió el nombre a la temida —y temible— nauyaca: el apelativo viene del náhuatl nahui que significa cuatro y yacatl, nariz; también se le conoce como cuatronarices y terciopelo. Desde luego, los vipéridos no tienen cuatro narices, pero ciertamente presentan cuatro orificios en el rostro.
El primer par, presente en cualquier reptil, son las narinas que conducen el aire a la boca y luego a los pulmones. El segundo par de orificios, que se localiza entre las narinas y los ojos, alberga órganos termosensibles con los que los vipéridos captan las minúsculas diferencias de temperatura que emana el cuerpo de sus presas. Este par de sensores de calor les permite localizar animales de sangre caliente incluso en la oscuridad total, pues los pueden “ver” mediante el halo de luz infrarroja que emiten al estar más calientes que el medio ambiente. Es curioso que si bien no tienen cuatro narices, los vipéridos sí tienen dos maneras de oler: una, digamos la tradicional, mediante receptores olfativos en los conductos nasales; la segunda es única en los reptiles, pues consiste en usar las puntas de la lengua para arrastrar moléculas hasta un par de fosas situadas en el paladar. Estas fosas contienen el llamado órgano de Jacobson, que es sumamente sensible a los olores e incluso permite distinguir pequeñísimas diferencias de concentración entre los extremos derecho e izquierdo de la lengua, con lo que la serpiente puede seguir rastros olorosos con facilidad.
Las serpientes no tienen extremidades (aunque algunas especies aún conservan los vestigios de las patas traseras), pero son sumamente ágiles y se las ingenian para moverse por cualquier tipo de terreno, incluyendo el agua, y trepar sin mayor dificultad. Mientras que otros reptiles, como los cocodrilos y los caimanes, emplean las patas para proyectar todo su cuerpo al atrapar presas, las serpientes sólo lanzan su extremo frontal. En preparación al lanzamiento, elevan el cuello y adoptan una postura más o menos en forma de letra “S”. Al atacar a un animal, enderezan su sinuosa figura, acelerando la cabeza hacia su objetivo. Las serpientes matan a sus presas ya sea inoculándoles veneno o asfixiándolas al enrollarse alrededor suyo. Carecen de párpados, pero sus ojos están protegidos por duras escamas transparentes. Tampoco tienen orejas y sus oídos son disfuncionales, pero son muy sensibles a las vibraciones del suelo y pueden detectar algunos sonidos mediante receptores nerviosos conectados a sus escamas. A diferencia de las aves y los mamíferos, no son de sangre caliente; regulan su temperatura asoleándose cuando están frías y resguardándose del sol cuando hace demasiado calor.
Las serpientes no pueden perseguir presas a gran velocidad durante periodos largos, pero son maestras en el arte de la emboscada, y sus colores y patrones hacen que sea muy difícil verlas en su medio ambiente. Así, cuando un ratón desprevenido pasa cerca de una serpiente de cascabel enrollada en espera de un bocadillo ambulante, tal vez no se dé cuenta de su error hasta que es demasiado tarde: el ataque de la víbora es tan repentino que incluso hace falta repasarlo en cámara lenta para examinar las distintas fases que lo componen. Tan sólo transcurre una veintésima de segundo desde que la sierpe inicia la ofensiva hasta que su cabeza alcanza al roedor. Durante este brevísimo intervalo, su boca se abre ampliamente y del maxilar superior se proyectan un par de largos colmillos huecos que estaban retraídos contra el paladar. Primero alcanza el cuerpo del roedor la mandíbula inferior, y un poco después el maxilar superior inserta los colmillos.
Una vez dentro del cuerpo de la presa, los colmillos fungen como las agujas de una jeringa, pues están conectados a un par de glándulas que contienen veneno, y éstas son apretadas por fuertes músculos, de tal modo que las toxinas fluyen a gran presión a través de los colmillos hacia la herida que causaron. Finalmente, la serpiente abre la boca y libera al seguramente atolondrado ratoncillo, que saldrá despavorido pero no llegará muy lejos. Las serpientes no pueden masticar su comida, pero tienen la posibilidad de dislocar sus mandíbulas, además de que sus cuerpos y vértebras son sumamente flexibles, lo que les permite tragar bocados gigantescos: algunas serpientes pueden comerse el equivalente a la mitad de su masa corporal de una sentada. Por supuesto, después de semejantes maratones gastronómicos, tienen que reposar un buen rato, a veces durante ¡unas cuantas semanas o incluso, meses!
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